Autor:

Rev. Joseph Ciluffo

Introducción

En el presente estudio sobre la oración debemos mantener siempre esta idea central: La oración refleja todo nuestro corazón. Dios escucha nuestro corazón más de lo que escucha nuestras palabras. Vemos esta verdad expresada en Isaías 29:13: “Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí”. Si alguna vez hemos de crecer en nuestra vida de oración, nuestros corazones deben ser desafiados y transformados. La manera en que vivimos cada día es un espejo de lo que hay en nuestros corazones. Aquello en que nos gloriamos depende de lo que hay en nuestros corazones. Aquello que monopoliza nuestra conversación y ocupa nuestros pensamientos depende ciertamente de lo que hay en nuestros corazones. La totalidad de lo que somos, lo que decimos, lo que hacemos y lo que oramos es la exteriorización de nuestro corazón, de nuestro espíritu. Todo esto gobierna la manera en que oramos y aquello por lo que oramos. Orar es abrir nuestro corazón. Por lo tanto, el tema central de este estudio tiene como objetivo el estar en la presencia de Dios, abrir nuestro corazón y entenderlo, y ser transformados. Lo que oramos no es lo importante, lo que somos es lo que verdaderamente importa. Lo que somos gobierna aquello por lo que oramos; por lo tanto, este estudio se centra en lo que somos, lo que Dios quiere que seamos, y nuestra respuesta a Él. Dios presta más atención a nuestros corazones que a nuestras palabras.

La oración comparada con un árbol El material de este estudio puede parecer por momentos secundario con respecto al tema principal de la oración. Sin embargo, comparemos la oración con un árbol. Con este árbol de la oración en mente, examinaremos el tema con el objeto de obtener mayor fruto. A primera vista, podemos ver que el árbol necesita ser podado. La oración requiere tiempo y descubriremos que algunas ramas infructuosas y que consumen nuestro tiempo necesitan ser podadas de nuestra vida. En un análisis más detallado, nuestro estudio nos lleva al sistema de la raíz. Aquí encontramos la tierra de nuestros corazones y los nutrientes de la tierra que alimentan nuestro árbol de la oración. Las condiciones de la tierra se revelan cuando analizamos minuciosamente las distintas experiencias de la vida, y cuando investigamos nuestras actitudes y emociones. Aquí es donde nace la oración. Es desde los confines de la tierra que clamamos a Dios. Hay momentos en los cuales tenemos profunda comunión con Dios y momentos cuando no podemos encontrarlo (Is. 45:15). La oración proviene de la tierra de nuestros corazones. La oración es nuestro árbol de la vida personal. Cuídelo bien.

“Señor, Te invitamos a venir con tus tijeras de podar, palas, fertilizantes y lluvias frescas. Enriquece la tierra de nuestros corazones de manera que puedas producir mucho fruto a través de nuestra relación”.

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