Tema 24: Llamados a ser Uno

Nuestro Señor Jesucristo, no solo murió para perdonar nuestros pecados. Él murió para salvarnos, sanarnos, restaurarnos, liberarnos, a fin de que lleguemos a ser uno con el Padre y con Hijo. La oración intercesora de nuestro Señor al Padre fue:

“Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado”

Por tanto, el alto llamado de cada creyente, no es a ser salvos, sino llegar a ser uno con el Padre y con el Hijo y participar de esa perfecta y gloriosa unidad.

La iglesia gloriosa sin mancha y sin arruga, son aquellos que alcanzan la madurez espiritual, alcanzan la unidad para poder estar en el santo monte de Sion. Ellos tienen el nombre del Padre y del Hijo en sus frentes, porque llegaron a ser uno con el Padre y con El Hijo, y son sin mancha delante del trono de Dios.

“Después miré, y he aquí el Cordero estaba en pie sobre el monte de Sion, y con él ciento cuarenta y cuatro mil, que tenían el nombre de él y el de su Padre escrito en la frente. Y oí una voz del cielo como estruendo de muchas aguas, y como sonido de un gran trueno; y la voz que oí era como de arpistas que tocaban sus arpas. Y cantaban un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro seres vivientes, y de los ancianos; y nadie podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil que fueron redimidos de entre los de la tierra. Éstos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes. Éstos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va. Éstos fueron redimidos de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero; y en sus bocas no fue hallada mentira, pues son sin mancha delante del trono de Dios.

Es importante notar, que los que alcanzan este nivel glorioso de unidad son aquellos que siguen al Cordero dondequiera que Él va. Ellos fueron conformados a la imagen del Hijo de Dios, de tal manera que en la tierra siguieron a la luz del mundo, y no anduvieron en tinieblas, por ello recibieron la luz de la vida, para ser uno con el Padre y con el Hijo.

Amos dijo: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” Por ello, aquellos que deseen caminar con el Señor como lo hizo Enoc, deben no solo creer en Él, deben seguir sus pisadas por cuanto Él nos dio el ejemplo.

Somos llamados a creer en Él, a padecer por Él y a andar como Él anduvo. Nuestro Señor Jesucristo para poder llevarnos a Dios, fue muerto en la carne pero vivificado en Espíritu. Fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre Él y por Su llaga fuimos nosotros curados. Fue angustiado, y afligido y no abrió su boca para murmurar o para quejarse por causa de nuestras iniquidades y pecados. Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca para maldecir o amenazar.

Cristo Jesús es nuestra paz, que de ambos pueblos judíos y gentiles hizo uno. Él por medio de la cruz, nos reconcilió con Dios, para ser un solo cuerpo, matando en la cruz del calvario las enemistades.
Jesús dijo: “El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama”.

Caminar con Jesucristo, es buscar y luchar por la unidad en el cuerpo de Cristo. Como Su iglesia debemos habitar juntos en armonía y al igual que el Cordero de Dios matar toda enemistad.

El Señor abomina al que siembra discordia entre sus hermanos. Es el dragón, la serpiente antigua, el diablo lleno de ira, quien persigue al Hijo varón, a la mujer, y a la descendencia de la mujer, que representan en su orden, a los padres espirituales, a los jóvenes espirituales y a los niños espirituales.

El diablo desde el Génesis, está en enemistad con la mujer y su simiente, y su deseo es robar, matar y destruir a la simiente santa. Aquellos que persiguen a otros cristianos, se enojan con ellos, critican y murmuran, están caminando el camino de la serpiente, el camino de la enemistad poniéndose en contra del Señor.

Saulo respiraba amenazas en contra de los discípulos del Señor, sin saber que al perseguir a los cristianos estaba persiguiendo a Cristo, quien se le apareció y le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón”

Sembrar discordia entre los hermanos, por medio de la murmuración, difamación, crítica, queja y menosprecio, es sembrar enemistad y seguir el ejemplo del diablo, quien busca dividir y destruir la unidad a la que hemos sido llamados.

Cuando un hermano en Cristo nos ofende y lastima, la Palabra de Dios nos dice que debemos perdonarle como Cristo nos perdonó. Debemos perdonarle sin murmuración, no debemos contarle a otros su falta, no debemos criticarle ni menospreciarle. Nuestra parte es matar la enemistad por medio del perdón y padecimiento como lo hizo Cristo Jesús en la cruz. Enojarnos contra el ofensor, reaccionar ante el agravio, tomar venganza o atacar al ofensor, murmurar o criticar a causa de la herida, que nos hicieron no es seguir el camino del Cordero de Dios, sino el camino de la serpiente antigua, el diablo, quien promueve la enemistad y persigue a los santos.

Aquellos que persiguen a los santos con sus enojos y críticas, no solo están en contra del Señor, están desparramando la obra del Señor, y además están poniendo en peligro su alto llamado de ser uno con el Padre y con el Hijo. Están arriesgando llegar a ser la esposa del Cordero, porque el Señor no se casará con creyentes que siembran discordia y enemistad, porque no son pacificadores como Él. Para ser la esposa del Cordero, es necesario ser sin mancha ni arruga. Solo Su iglesia gloriosa, la que alcanza madurez, es la que llega a ser la esposa del Cordero, por tanto, seguir el camino de la serpiente, el camino de la queja, de la murmuración y crítica es un camino que no conduce a la gloria de Dios ni a la unidad con el Padre ni con el Hijo.

Nuestro llamado es a ser pacificadores, como nuestro Señor. Somos llamados a padecer por causa de otros, somos llamados a ser molidos por los pecados de otros, a ser heridos por las rebeliones de otros, castigados para que otros puedan recibir paz, llagados para que otros puedan ser sanados, como aconteció con nuestro Señor Jesús. Los pacificadores serán llamados huíos, hijos maduros de Dios, que fueron conformados a la imagen del Hijo de Dios. Los huíos de Dios, los hijos de Dios que alcanzan la madurez espiritual, aman a sus enemigos, bendicen a los que los maldicen y oran por aquellos que los ultrajan y los persiguen. Los huíos de Dios, son hijos maduros del Padre celestial, quien es bueno y hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos.

“Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos (huíos en griego) de Dios.

Somos llamados a ser los huíos de Dios, hijos de Dios que alcanzan la unidad de la fe, la medida del varón perfecto, la estatura de la plenitud de Cristo, por tanto debemos creer en Cristo, andar como Cristo, vivir como Cristo y morir como Cristo, para poder resucitar y estar con Cristo y ser uno con el Padre y con el Hijo para poder estar con el Cordero de Dios en el monte de Sion.

Caín mató a Abel. Saúl persiguió a David. Ismael se burlaba de Isaac, Esaú aborreció a Jacob. Todos estos eran caminos de enemistad y enojo contra los escogidos de Dios. No debemos ponernos de acuerdo con el diablo para perseguir a los santos y sembrar enemistad por medio de la murmuración, queja y crítica. Debemos caminar con el Señor y trabajar con Él, para presentar perfecto a todo hombre en Cristo Jesús. Debemos caminar con Él para perdonar, sanar, salvar, restaurar y liberar a los santos para que puedan llegar a ser uno con el Padre y con el Hijo. Nuestra parte es luchar por la unidad y matar toda enemistad como lo hizo nuestro Señor. Luchemos por la unidad del cuerpo de Cristo y para que todo creyente alcance la madurez espiritual y puedan llegar a ser uno con el Padre y el Hijo.

“…a quien anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre; para lo cual también trabajo, luchando según la potencia de él, la cual actúa poderosamente en mí”

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