Tema 21: Jesús

El Verbo de Dios, quien estaba con Dios, quien era Dios, se hizo carne, para que el mundo pudiese ver la gloria del unigénito Hijo de Dios. Dios vino a la tierra en forma humana por medio de Jesucristo. Emanuel es uno de los nombres del Señor Jesús que significa: Dios con nosotros.

Jesucristo vino en carne para revelar al Padre, de tal manera que aquel que viera a Jesucristo viera al Padre. Él es el camino al Padre, y nadie puede llegar al Padre, ni conocerlo sino es por medio de Jesucristo.

Jesucristo reveló al padre por medio de: su carácter, sus obras, y su doctrina. Todo provenía del Padre. No hacía nada de sí mismo, todo lo que hizo, lo hizo porque el Padre se lo reveló. Apareció para deshacer las obras del diablo. Fue ungido con el Espíritu Santo y con poder y anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos del diablo porque Dios estaba con Él.

Jesucristo no vino a la tierra para condenar al mundo, sino para que el mundo fuera salvo por Él. Dios manifestó su amor por el mundo, de tal manera que envió a Su Hijo unigénito para que todo aquel que cree continuamente en Él no se pierda, sino tenga la vida eterna.

Aun siendo pecadores Cristo murió por nosotros, y por medio de Su sangre somos justificados y por Él seremos salvos de la ira de Dios. Siendo enemigos fuimos reconciliados con Dios con la muerte de Su Hijo, estando ya reconciliados por medio de Cristo seremos salvos por su vida.

Cuando Cristo Jesús vino a la tierra, vino como raíz de tierra seca, sin una gran apariencia ni hermosura, sin atractivo físico que llamara la atención. Fue despreciado y desechado entre los hombres, fue un varón de dolores experimentado en quebranto. El mundo fue creado Él, pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino y los suyos no le recibieron. Todas las cosas por Él  fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. A pesar de todo esto Su pueblo escondió de él Su rostro, fue menospreciado y no lo estimó. Sin embargo, Cristo Jesús llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores, fue tenido por azotado, herido de Dios y abatido. Mas Él fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre Él y por Su llaga fuimos nosotros curados.

Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su propio camino, mas el Padre cargó en Él, el pecado de todos nosotros. Fue angustiado y afligido, no abrió Su boca, como Cordero fue llevado al matadero, y como oveja delante de sus trasquiladores enmudeció y no abrió su boca. No hizo pecado, ni se halló engaño en su boca. Cuando le maldecían, no respondía con maldición, cuando padecía, no amenazaba sino que encomendaba la causa a Su Padre quien juzga justamente.

Llevó Él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero y por cuya herida fuimos sanados, para que nosotros estando muertos a los pecados. vivamos para la justicia. Fue cortado de la tierra de los vivientes y por la rebelión de Su pueblo fue herido. Por cárcel y por juicio fue quitado, y su generación ¿Quién la contará?

Con los impíos se dispuso Su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte, aunque nunca hizo maldad ni hubo engaño en su boca. El padre celestial, quiso quebrantarle y le sujetó a padecimiento, pero al poner Su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días y la voluntad del Padre en su mano será prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho; y Cristo el siervo justo de Dios, por Su conocimiento justificará a muchos y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, el Padre le dará parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte y fue contado con los pecadores, habiendo Él llevado el pecado de muchos y orado por los transgresores.

Cristo Jesús dio su cuerpo a heridores y sus mejillas a los que le arrancaban Su barba, no escondió Su rostro de injurias y escupidas. El Padre le ayudó y no se avergonzó, por eso puso su rostro como un pedernal y no se avergonzó.

Isaías profetizó de Él y dijo que el niño que habría de nacer, nacería de una virgen, a Él se le llamaría admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz. El principado estaría sobre su hombro, pero aunque fue hecho en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

El ángel Gabriel le dijo a María: concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. Éste será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. Cuando fue bautizado en el rio Jordán, al subir del agua los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos, que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

Isaías profetizo acerca de Jesús y dijo: He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia. No se cansará ni desmayará, hasta que establezca en la tierra justicia; y las costas esperarán su ley.

David profetizó que a Jesús le horadarían sus manos y sus pies, y que repartirían entre si sus vestidos y sobre su ropa echarían suertes. Jesús les dijo a sus discípulos que sería entregado en manos de pecadores y le matarían pero que al tercer día iba a resucitar.

Fue condenado a muerte por el concilio por decir que era el Hijo de Dios. Pilato le mandó a azotar y le entregó para ser crucificado. Desnudándole, le echaron encima un manto de escarlata, y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas, y una caña en su mano derecha; e hincando la rodilla delante de él, le escarnecían, diciendo: ¡Salve, Rey de los judíos! Y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza. Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle. Y cuando llegaron a un lugar llamado Gólgota, que significa: Lugar de la Calavera, le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero después de haberlo probado, no quiso beberlo.

Pusieron sobre su cabeza su causa escrita: ÉSTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS. Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda. Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él.   Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con él.

Fue crucificado a las 9 de la mañana, y de las 12 del mediodía hasta las tres de la tarde hubo tinieblas sobre toda la tierra, y a las tres de la tarde exclamó: Dios mío, Dios mío porque me has desamparado, y luego de decir Padre en tus manos encomiendo mi espíritu murió. Cuando Jesús expiró, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.

Pedro dijo que el Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos para llevarnos a Dios, y aunque fue muerto en la carne fue vivificado en espíritu, descendió a las partes más bajas de la tierra,  fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé.

Jesús participó de carne y sangre para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, el diablo y así librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Le quitó al diablo las llaves de la muerte y del Hades y al resucitar, se llevó cautiva a la cautividad y dio dones a los hombres.

Al resucitar el Señor Jesús, estando sus discípulos a puertas cerradas se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros, sopló y les dijo recibid el Espíritu Santo, y les dijo como el Padre me envío así os envío yo. Y antes de ascender al cielo les dijo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

Pablo hablando del Señor Jesús resumió Su nacimiento, la vida muerte y resurrección de Cristo; y le llamo el Misterio de la Piedad y dijo: E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, Justificado en el Espíritu, Visto de los ángeles, Predicado a los gentiles, Creído en el mundo, Recibido arriba en gloria.

El Señor Jesús quién está sentado a la diestra del Padre en los cielos se reveló a Juan que como Alfa y Omega, el principio y el fin, el que es, el que era el que ha de venir, el Todopoderoso. Juan dijo del Señor Jesús: He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén.

Juan vio el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS. Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para herir con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.

También el apóstol Juan vio en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. Y vio a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?  Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. Y Juan lloraba mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo. Y uno de los ancianos le dijo a Juan: No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.

Y Juan miró, y vio que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra.  Y vino, y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono. Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos; y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra.

Y miró, y oyó la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza. Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra, y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay, oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los siglos de los siglos.

Jesucristo es el Rey de Reyes y Señor de Señores, fue entregado por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación. Jesús vendrá nuevamente a la tierra con gloria y poder para establecer Su reino. ¿Estás tu preparado para su segunda venida?

¿Cómo podemos estar preparados para su Venida?

  1. Debemos creer que Él es el único camino para llegar al Padre, y que no hay otro nombre debajo del cielo para poder ser salvos.
  1. Debemos creer que el murió por nuestros pecados y resucitó al tercer día para llevarnos a Dios y regresará para reinar sobre la tierra.
  1. Debemos creer continuamente en Él y confesarle con nuestra boca como el Señor de nuestra vida y con su ayuda apartarnos de todo pecado y de camino de maldad que Él nos muestre.
  1. Debemos recibirle en nuestro corazón como el Señor de nuestra vida y entregarnos y rendirnos a Él para seguirle y vivir para hacer la voluntad de Dios.

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